martes, 5 de agosto de 2008

Relato...

La media noche ya había pasado y el calor no cesaba. Agosto en Madrid, aire africano insomne calentaba ideas y deseos en las oscuras calles de una ciudad dormitorio del extra-radio. La nevera decidió dejar de funcionar harta de luchar contra consecutivas olas de calor y las tuberías no daban agua servían sopa. Así que cansado y mojado por un continuo sudor decidí salir en busca de alguna bebida fría que aplacara mi sed.

El motor de mi vieja moto retumbaba en las calles negras. Herida de magulladuras me gustaba sentirla tronar entre mis piernas como gata en celo que llora a la luna en pos de un galán felino que deja recortar su figura entre el negro y blanco del asteroide hermano. Es curioso, pero las monturas son así, mecanismos humanos o seres animados, contienen una carga sensual mezclada con un sentimiento de poder y libertad que una vez descubiertos son imposibles de no gozar.

Decía que se llamaba Antonio, Antonio Guzman. De unos 45 años, espigado de incipiente calvicie que disimulaba con un corte largo de coronilla hasta la frente, gustaba de hablar de tiempos pasados en los que su "imponente" figura bien le valió el alago de alguna que otra dama e incluso la insinuación de masculinos favores que para la imaginería popular sólo confirmaba lo que en otro tiempo fue un hombre apuesto. Por lo visto fue doble de cine, y entre sus dobles estelares no faltaban actores americanos. Ahora, y desde que yo vivía en el barrio regentaba un pub al que llamó El Tranvía. El bar de oscuros tonos presentaba la barra nada más entrar, a la izquierda de ésta, había una enorme pecera en la que siempre se podía ver un gupi de dimensiones extraordinarias que invitaba a subir unos peldaños que te mostraban unas mesas pequeñas, de plataforma de mármol y patas de hierro forjado, formando un pequeño patio interior iluminado por un techo de estrellas de fibra óptica que daban un ambiente evocador y tranquilo. Solía escucharse al León de Velfast, a los Rolling, algo de Jazz y a representantes patrios como Loquillo, Manolo Tena e incluso al Urquijo más decadente.

Mierda de calor hermano. ¿Cuándo vas a tirar la cafetera que has dejado aparcada en mi puerta?... cuando tú limpies la puta pecera... ja, ja, ja, ja. Ponme una birra, pero por Dios que esté helada. ¡¡¡Any!!!, trae una jarra fría. Any era una inmigrante rusa de unos 25 años. Alta y un tanto delgada tenía un atractivo frío en sus ojos grandes y azules que te miraban como si quisiera escapar. No lo sabía con exactitud pero todo el mundo creía que no sólo trabajaba sino que vivía con Antonio. Pero de la misma forma que su aspecto mostraba frialdad, su boca sólo soltaba monosílabos de agradecimientos y cifras de cuentas. Antonio, fanfarrón en su pasado era celoso en su presente, presente que cuando no es esplendoroso quizás sea mejor desviar con otros tiempos. Y aunque este hecho me intrigaba, de alguna forma el tipo me caía bien, nunca me preguntó quién era y yo respetaba su presente limitándome a escuchar su machacado pasado.

4 comentarios:

akela dijo...

El relato es producto de tu imaginación o es una realidad contada tipo novela???? miedo me das....

Me ha gustado el estilo pero como sea cierto.... ¡¡vaya humor que tienes!! eso de irte de pingo a esas horas je, je por que tienes calor ¿y una duchita fría?

la clavícula bien, gracias

Un besete

P.D. si sigues progresando adecuadamente (como en el cole) te veo que me llevas al aeropuerto ¡¡¡cuídate petardillo!!! si es eres un culo de mal asiento

davidiego dijo...

Tú bien, me alegro.
Mimos para tu mecanismo humano y sensual..
Animo que ya te queda menos para que te quiten el lazo y puedas volver a volar libre.

Esperanza dijo...

¡La gallina!

diego dijo...

no espe no. el cazarranas.
la descripcion de guzman es la del imponente cazarranas.
je